viernes, 5 de septiembre de 2014

Capitulo 37

MARTINA

Si, leyeron bien no están equivocadas !!
                                                                                                                                               


—¡Brad! —grito—. ¡Alguien está en la puerta! —Tomo un paño de cocina y seco mis manos.

—¡Ya voy! —dice él, pasando por la cocina. Hago un rápido inventario de la cocina para asegurarme de que no hay nada que mi madre pueda criticar. Los mostradores están limpios. Los pisos relucientes.

Ven, mamá.

—Espera aquí —dice Brad a quien sea que esté en la puerta.

¿Espera aquí?

Brad no le diría eso a mi madre.

—Martina —dice Brad desde la entrada de la cocina. Me giro para encararlo, e inmediatamente me tenso. La mirada en su rostro es una que rara vez logro ver. Está reservada para prepararme. Como cuando va a decirme algo que no quiero escuchar o algo que teme pueda lastimarme.

Mis pensamientos inmediatamente caen en mi madre, y me carcome la preocupación.

—Brad —susurro—. ¿Qué pasa? —Estoy agarrándome del mostrador a mi lado. Un familiar miedo que solía vivir y respirar dentro de mí me recorre, pero ahora es algo que me controla en pocas ocasiones.

Como ahora, cuando mi esposo teme decirme algo que no está seguro que quiera escuchar. —Alguien vino a verte —dice.

No conozco a nadie que pueda poner a Brad tan preocupado como lo está ahora. —¿Quién?

Camina lentamente hacia mí y acuna mi rostro en sus manos cuando llega a mi lado. Mira dentro de mis ojos como si tratara de prepararme para una caída. —Es Peter.

No me muevo.

No caigo, pero Brad me sostiene de todas maneras. Envuelve sus brazos alrededor de mí y me acerca a su pecho.

—¿Por qué está aquí? —Mi voz tiembla.

Brad sacude la cabeza. —No lo sé. —Se aleja y baja la mirada hacia mí—. Puedo pedirle que se marche si eso quieres.

Inmediatamente niego con mi cabeza. No podría hacerle eso. No si viajó todo ese camino hasta Phoenix.

No después de casi siete años.

—¿Necesitas un par de minutos? Puedo llevarlo a la sala.

No merezco a este hombre. No sé qué haría sin él. Conoce mi historia con Peter. Sabe todo lo que pasamos. Me tomó un tiempo ser capaz de contarle la historia completa. La conoce toda, y aun está aquí, ofreciéndome invitar a nuestra casa al otro único hombre que he amado.

—Estoy bien —le digo, aunque no lo estoy. No sé si quiero ver a Peter. No tengo idea de porque está aquí—. ¿estás bien?

Asiente. —Parece alterado. Creo que deberías hablar con él —Se inclina y me besa en la frente—. Está en el vestíbulo. Estaré en mi oficina si me necesitas.

Asiento, y luego lo beso. Lo beso con fuerza.

Se marcha y me quedo allí de pie, en silencio, mi corazón latiendo erráticamente dentro de mi pecho. Respiro profundo, pero eso no hace nada para calmarme. Paso las manos por mi camisa y camino hacia el vestíbulo.

La espalda de Peter está hacia mí, pero me escucha cuando doblo la esquina. Gira un poco la cabeza por encima de su hombro, como si tuviera miedo de volverse por completo y mirarme como yo lo estoy viendo.

Se gira con cuidado. Lentamente. De pronto, mis ojos se encuentran con los suyos.

Sé que han pasado seis años, pero en esos seis años, de alguna manera cambió por completo, pero sin cambiar del todo. Aún sigue siendo Peter, pero ahora es un hombre. Me hace preguntarme que es lo que él está viendo en mí, mirándome por primera vez desde el día que lo dejé.

—Hola —dice, acercándose con precaución. Su voz es diferente. Ya no es la voz de un adolescente.

—Hola.

Pierdo el contacto visual cuando sus ojos viajan alrededor del vestíbulo. Analiza mi casa. Una casa en donde nunca esperé verlo a él.

Ambos nos quedamos en silencio por un minuto. Quizás dos.

—Martina, yo… —Me mira de nuevo—, no sé porque estoy aquí.

Yo sí.

Puedo verlo en sus ojos. Llegué a conocer esos ojos tan bien cuando estábamos juntos. Conocía todos sus pensamientos. Todas sus emociones.

No era capaz de ocultar lo que sentía, porque podía sentir tanto. Siempre ha sentido demasiado.

Esta aquí porque necesita algo. No sé qué. ¿Quizás respuestas? ¿Un cierre? Me alegra que esperara hasta ahora para quererlo hacer, porque creo que finalmente estoy lista.

—Es bueno verte —digo.

Nuestras voces son débiles y tímidas. Es raro ver a alguien por primera vez bajo diferentes circunstancias desde que nos separamos.

Amé a este hombre. Lo amé con todo mi corazón y alma. Lo amé como amo a Brad.

También lo odié.

—Vamos —digo, señalando hacia la sala—. Hablemos.

Da dos pasos vacilantes hacia la sala. Me giro y le permito seguirme.

Ambos nos sentamos en el sofá. No se acomoda. En su lugar, se siente en el borde del sofá y se inclina hacia adelante, descansando los codos en sus rodillas. Mira alrededor, escaneando mi casa una vez más. Mi vida.

—Eres muy valiente —digo. Me mira, esperando a que continúe—. He pensado en esto, Peter. En verte otra vez. Yo sólo… —Bajo la mirada—, simplemente no podía.

—¿Por qué no? —dice casi inmediatamente.

Hago contacto visual con él nuevamente. —Por la misma razón por la cual tu tampoco podías. No sabíamos qué decir.

Él sonríe, pero no es la sonrisa que solía amar de Peter. Esta es reservada, y me pregunto si yo soy la causante. Si yo soy la responsable de toda la tristeza en él. Hay tanta tristeza en él ahora.

Toma una foto de Brad y mía de la mesa. Sus ojos estudian la imagen en sus manos por un momento. —¿Lo amas? —pregunta, sin dejar de mirar la fotografía—. ¿Como me amaste? —No lo pregunta de una manera amarga o celosa. Lo pregunta de una manera curiosa.

—Sí —contesto—. Así de mucho.

Coloca la foto de regreso en la mesa, pero sigue mirándola.

—¿Cómo? —susurra—. ¿Cómo lo hiciste?

Sus palabras traen lágrimas a mis ojos, porque sé exactamente lo que pregunta. Me hice esa pregunta a mí misma durante varios años, hasta que conocí a Brad. No creía ser siquiera capaz de volver a amar de nuevo. No creía querer volver a amar a alguien otra vez. ¿Por qué alguien querría ponerse a sí mismo en una posición que traería de regreso el tipo de dolor que hace que una persona decida envidiar estar muerta?

—Quiero mostrarte algo, Peter.

Me levanto y extiendo la mano, buscando la suya. Él observa mi mano con cautela por un momento antes de tomarla. Sus dedos se deslizan entre los míos, y me da un apretón mientras se pone de pie.

Comienzo a hacer mi camino hacia el dormitorio, con él siguiéndome de cerca.

Llegamos a la puerta de la habitación, y mis dedos hacen una pausa en la perilla. Mi corazón se siente pesado. Las emociones y todo por lo que hemos pasado están surgiendo, pero sé que tengo que permitir que salgan a la superficie si quiero ayudarlo. Abro la puerta y entro, tirando de Peter conmigo.

Tan pronto como estamos dentro de la habitación, siento sus dedos apretándose alrededor de los míos. —Martina —susurra. Su voz es un ruego para que detenga esto. Lo siento intentando retroceder por la puerta, pero no se lo permito. Lo obligo a acercarse a la cuna conmigo.

Está de pie a mi lado, pero puedo sentir su lucha interna porque no quiere estar aquí ahora.

Aprieta mi mano con tanta fuerza que puedo sentir el dolor en su corazón.
 Exhala una rápida respiración mientras baja la mirada hacia ella.

Veo el nudo en su garganta bajar cuando traga, luego toma otra pesada bocanada de aire.

Lo observo mientras su mano libre se acerca y agarra el borde de su cuna, aferrándose a ella con tanta fuerza como la mano que se envuelve alrededor de la mía. —¿Cómo se llama? —susurra.

—Claire.

Todo su cuerpo reacciona con mi respuesta. Sus hombros inmediatamente comienzan a temblar, e intenta controlar su respiración, pero nada puede detenerlo. Nada puede detener lo que está sintiendo, así que sólo permito que lo sienta. Retira su mano de la mía y cubre su boca para ocultar las rápidas inhalaciones que entran en sus pulmones. Se da la vuelta y sale apresuradamente de la habitación. Lo sigo con la misma rapidez, a tiempo para ver su espalda golpear la pared del pasillo justo frente al dormitorio.

Se desliza hasta el suelo, y las lágrimas empiezan a caer con fuerza.

No intenta cubrirlas. Pasa las manos a través de su cabello, y apoya su cabeza contra la pared y levanta la mirada hacia mí. —Esa… —Señala hacia la cuna de Claire e intenta hablar, pero le toma varios intentos conseguir terminar la oración—, esa es su hermana —dice finalmente, dejando escapar una respiración inestable—. Martina. Le diste una hermana.

Me siento en el suelo a su lado y envuelvo un brazo alrededor de sus hombros, acariciado su cabello con la otra mano. Presiona las palmas contra su frente y aprieta los ojos con fuerza, llorando en silencio.

—Peter —Ni siquiera intento disimular las lágrimas en mi voz—, mírame.

Apoya la cabeza contra la pared; no me mira a los ojos. —Lo siento, te culpé. Tú también lo perdiste. No supe cómo lidiar con eso en el pasado.

Mis palabras lo rompen por completo, y soy consumida por la culpa, por permitir que seis años pasaran sin decirle esas palabras. Se inclina y envuelve sus brazos apretadamente a mí alrededor, jalándome contra él.

Le permito abrazarme.

Le permito sostenerme por un largo tiempo, hasta que todas las disculpas y el alivio son absorbidos y solo somos nosotros otra vez. Sin lágrimas.

Estaría mintiendo si dijera que nunca pensé en lo que le hice. Pienso en ello todos los días. Pero tenía dieciocho y estaba devastada, y nada me importó después de esa noche.

Nada.

Sólo quería olvidar, pero cada mañana que me despertaba y no tenía a Clayton a mi lado, culpé a Peter. Lo culpé por salvarme, por no tener una razón para vivir. También sabía en mi corazón que Peter hizo lo que pudo. Sabía en mi corazón que nunca fue su culpa, pero en ese punto de mi vida, no era capaz de pensar de forma racional o siquiera perdonar. En ese punto de mi vida, estaba convencida de que no sería capaz de hacer nada más que sentir dolor.

Esos sentimientos no se desvanecieron durante más de tres años.

Hasta el día que conocí a Brad.

No sé a quién tiene Peter, pero la familiar lucha en sus ojos prueba que hay alguien. Solía ver esa misma lucha cada vez que me veía en el espejo, sin saber si podría amar de nuevo.

—¿La amas? —le pregunto. No necesito saber su nombre.

Estábamos más allá de eso ahora. Sé que él no está aquí porque aún me ame. Esta aquí porque no sabe amar con todo lo que tiene.

Suspira y descansa la barbilla sobre mi coronilla. —Tengo miedo de no ser capaz de hacerlo.

Peter besa mi cabeza, y cierro mis ojos. Escucho el ladito de su corazón dentro de su pecho. Un corazón que asegura no ser capaz de saber cómo amar, pero en realidad, es un corazón que ama demasiado. Él amó tanto, y esa única noche todo nos fue arrebatado. Cambió nuestros mundos. Cambió su corazón.

—Solía llorar todo el tiempo —digo—. Todo el tiempo. En la ducha. En el auto. En mi cama. Cada vez que estaba sola lloraba. Durante los dos primeros años, mi vida era una constante tristeza, sin nada más. Ni siquiera con buenos momentos.

Siento sus brazos apretar su agarre alrededor de mí, silenciosamente diciéndome que lo sabe. Él sabe exactamente solo lo que hablo.

—Luego, cuando conocí a Brad, comencé a tener breves momentos en los que mi vida no era una completa tristeza en cada segundo del día.

Pude ir a algún lugar con él en un auto, y noté que era la primera vez que estaba en un auto sin echarme a llorar. Las noches que pasábamos juntos eran las únicas noches en las que no lloraba hasta quedarme dormida. Por primera vez, esa impenetrable tristeza en la que me había convertido estaba siendo desmoronada por los breves y buenos momentos que pasaba con Brad.

Hago una pausa, necesitando un momento. No he tenido que pensar en esto por un largo tiempo, las emociones y sentimientos están demasiados frescos. Demasiado reales. Me alejo de Peter y me apoyo contra la pared, luego descanso la cabeza en su hombro. Él inclina su cabeza hasta recargarla con la mía y toma mi mano, entrelazando nuestros dedos.

—Después de un tiempo, comencé a notar que esos buenos momentos con Brad comenzaron a dominar más que toda la tristeza. La tristeza en mi vida se convirtió en buenos momentos, y mi felicidad con Brad se convirtió en mi vida.

Lo siento exhalar, y sé que sabe sobre lo que estoy hablando. Sé que lo que sea que ella signifique, él tiene esos buenos momentos a su lado.

—Durante los nueve meses que estuve embarazada de Claire, estuve asustada de no poder ser capaz de llorar de felicidad cuando la viera.

Justo después de que naciera, me la entregaron, justo como lo hicieron cuando nació Clayton. Claire se parecía a él, Peter. Era como él. La miré fijamente, sosteniéndola en mis brazos, y las lágrimas corrían por mis mejillas. Pero era lágrimas buenas, y comprendí en ese momento que eran las primeras lágrimas de felicidad que lloraba desde el día que sostuve a Clayton en mis brazos.

Me seco los ojos y dejo ir su mano, luego levanto mi cabeza de su hombro. —También te mereces eso—digo—. Mereces sentir eso nuevamente.

Asiente. —Quiero amarla tanto, Martina —dice, respirando las palabras como si las hubiera retenido por una eternidad—. Quiero tener eso con ella. Pero me asusta que la tristeza nunca desaparezca.

—El dolor no se irá jamás, Peter. Nunca. Pero si te permites amarla, solo lo sentirás algunas veces, en lugar de permitirle que te consuma toda tu vida.

Envuelve su brazo alrededor del mío y tira de mi frente contra sus labios. Me besa, largo y fuerte, antes de apartarse. Asiente, haciéndome saber que entiende lo que trato de explicarle.

—Lo superarás, Peter —digo, repitiendo las mismas palabras que él usó para reconfortarme—. Vas a superarlo.

Se ríe, y puedo sentir algo de su pesadez desvanecerse.

—¿Sabes que es lo que más temía de esta noche? —pregunta—. Tenía miedo de que cuando llegara aquí, estuvieras igual que yo —Se echa el pelo hacia atrás y sonríe—. Me alegra que no sea así. Me hace sentir  bien verte feliz.

Tira de mí hacia él y me abraza con fuerza. —Gracias, Martina — susurra. Me besa suavemente en la mejilla antes de liberarme y ponerse de pie—. Probablemente debería irme ahora. Tengo un millón de cosas que decirle.

Camina por el pasillo hacia la sala, luego se vuelve hacia mí por última vez. Ya no veo todas esas partes tristes en él. Ahora solo veo paz cuando me encuentro con sus ojos.

—¿Martina? —Hace una pausa, observándome silenciosamente por un momento. Una pacífica sonrisa se forma lentamente en su rostro—. Estoy tan orgulloso de ti.

Desaparece en el pasillo, y me quedo en el suelo hasta que escucho la puerta principal cerrarse detrás de él.


Yo también estoy muy orgullosa de ti, Peter

jueves, 4 de septiembre de 2014

Capitulo 36

PETER

En la actualidad...

Sus ojos finalmente encuentran el coraje para mirar los míos, pero trato de no verla. Cuando realmente la miro, es demasiado. Cada vez que estoy con ella, sus ojos, su boca, su voz y su sonrisa encuentran cada punto vulnerable en mí para romperlo. Para aprovecharlo. Para conquistarlo. Cada vez que estoy cerca de ella, tengo que luchar contra ello, así que trato de no verla con otra cosa que mis ojos esta vez.

Dice que está aquí para despedirse, pero no es por eso que está aquí, y lo sabe. Está aquí porque se enamoró de mí, aunque le dije que no lo hiciera. Está aquí porque todavía tiene la esperanza de que pueda amarla recíprocamente.

Quiero hacerlo, Lali. Quiero amarte tanto que duele, maldición.

Ni siquiera reconozco mi propia voz cuando le digo adiós. La falta de emoción detrás de mis palabras podría ser malinterpretada como odio.

Muy lejos de la apatía que estoy tratando de transmitir, y un grito aún más lejano de las ganas que tengo de rogarle que no se vaya.

Inmediatamente baja la mirada a sus pies. Puedo decir que mi  respuesta acaba de matarla, pero le he dado suficientes falsas esperanzas.

Cada vez que le permitía entrar, la lastima mucho más que cuando tengo que apartarla.

Pero es difícil sentirse mal por ella, porque por mucho que esté dolida, no conoce el dolor. No lo conoce como yo. Lo mantengo vivo. Lo mantengo funcionando. Lo mantengo creciendo cada vez que lo experimento.

Inhala y luego me mira con unos ojos un poco más rojos y brillantes.

—Te mereces mucho más de lo que te estás permitiendo tener. —Se levanta de puntillas y coloca las manos sobre mis hombros, luego presiona sus labios contra mi mejilla—. Adiós, Peter.

Se da la vuelta y camina hacia el ascensor, justo cuando Gastón sale a su encuentro. La veo levantar una de sus manos para secarse las lágrimas.

La observo alejarse.

Cierro la puerta, esperando sentir el más mínimo murmullo de alivio por el hecho de que fui capaz de dejarla a ir. En cambio, me encuentro con la única sensación familiar que mi corazón es capaz de sentir: el dolor.

—Eres un maldito idiota —dice Nico detrás de mí. Me doy la vuelta, y está sentado en el brazo del sofá, mirándome—. ¿Por qué no vas tras ella ahora mismo?

Porque, Nico, odio este sentimiento. Odio cada sentimiento que provoca en mí, porque me llena de todas las cosas que he pasado evitando los últimos seis años.

¿Por qué habría de hacerlo? —pregunto mientras me dirijo hacia mi habitación. Hago una pausa con el golpe en la puerta principal.

Expulso un suspiro de frustración antes de volverme hacia la puerta, no queriendo tener que rechazarla por segunda vez. Sin embargo, lo haré.

Incluso si tengo que dejarla con términos que la lastimarán aún más, tiene que aceptar el hecho de que todo ha terminado. Lo dejé ir demasiado lejos.

Mierda, nunca debería haber permitido que comenzaba incluso, con nosotros sabiendo que sería más que probable que terminara de esta manera.

Abro la puerta, pero aparece Gastón en mi línea de visión en lugar de Lali.

Quiero sentirme aliviado por el hecho de que está aquí en lugar de ella, pero la mirada furiosa en su rostro hace que sea imposible sentirme aliviado.

Antes de que pueda reaccionar, su puño conecta con mi boca, y doy un traspiés hacia atrás, hacia el sofá. Nico impide mi caída, y recupero el equilibrio antes de volverme hacia la puerta de nuevo.

—¿Qué demonios, Gastón? —grita Nico. Me está frenando, suponiendo que quiero represalias.

No la quiero. Me lo merecía.

Gastón intercambia miradas entre nosotros, asentándose finalmente en mí. Se lleva el puño al pecho y lo frota con la otra mano. —Todos sabemos que debería haber hecho eso hace mucho tiempo. —Agarra el pomo de la puerta y la cierra, desapareciendo de nuevo en el pasillo.

Me encojo de hombros, alejándome de las garras de Nico, y llevo una mano a mis labios. Alejo los dedos y están teñidos de sangre.

—¿Y qué tal ahora? —dice Nico, esperanzado—. ¿Vas a ir tras ella ahora?

Lo fulmino con la mirada antes de volver hacia mi dormitorio.

Nico se ríe a carcajadas. Es el tipo de risa que dice: Eres un jodido idiota. Sólo que ya lo dijo, así que como que solo lo está repitiendo.

Me sigue a mi dormitorio.

Realmente no estoy de humor para esta conversación. Es bueno que sepa cómo mirar a la gente sin mirarla en realidad.

Tomo asiento en la cama, y entra a mi habitación, inclinándose contra la puerta. 

—Estoy cansado de esto, Peter. Han pasado seis jodidos años en los que te he visto caminar como un zombi por tu apartamento.

—No soy un zombi —digo rotundamente. —Los zombis no pueden volar.

Nico voltea los ojos; obviamente no está de humor para bromas. Qué bueno, porque no estoy de humor para hacerlas.

Continúa mirándome, así que tomo el teléfono y me tumbo en la cama con el fin de fingir que no está aquí.

—Ha sido la primera cosa que te ha dado vida desde la noche en que te ahogaste en ese maldito lago.

Lo lastimaré. Si no sale en este mismo segundo, lo lastimaré, joder.

—Vete.

—No.

Lo miro. Lo veo. —Vete a la mierda, Nico.

Camina a mi escritorio, saca la silla, y se sienta en ella. —Jódete, Peter —dice—, aún no he terminado.

—¡Vete!

—¡No!

Dejo de luchar contra él. Me levanto y salgo yo.

Me sigue. —Déjame hacerte una pregunta —dice, siguiéndome a la sala.

—¿Y luego te irás?

Asiente. —Y luego me iré.

—Está bien.

Me mira en silencio por unos momentos.

Espero pacientemente por su pregunta para que pueda salir antes de que lo lastime.

—¿Qué pasaría si alguien te dijera que pudiera borrar toda esa noche de tu memoria, pero al hacerlo, también tendrían que borrar cada cosa buena? Todos los momentos con Martina. Cada palabra, cada beso, cada te amo. Cada momento que tuviste con tu hijo, por más breve que fuera. El primer momento que viste a Martina sostenerlo. El primer momento en que tú lo sostuviste. La primera vez que lo escuchaste llorar o lo viste dormir. Todo eso. Borrado. Para siempre. Si alguien te dijera que pudiera deshacerse de las cosas feas, pero que también perderías todas las otras cosas… ¿lo harías?

Piensa que me está preguntando algo que nunca me he preguntado antes. ¿Cree que no me siento y me pregunto acerca de estas cosas todos los putos días de mi vida?

—No dijiste que tenía que responder a tu pregunta. Solo preguntaste si podías hacerla. Puedes irte ahora.

Soy la peor clase de persona.

No puedes responderla —dice—. No puedes decir que sí.

—Tampoco puedo decir que no —digo—. Felicidades, Nico. Me dejaste perplejo. Adiós.

Empiezo a caminar de regreso a mi habitación, pero dice mi nombre otra vez. Me detengo, pongo las manos en mis caderas y dejo caer la cabeza.  ¿Por qué no se detiene y ya? Han pasado seis malditos años.

Debería saber que esa noche me hizo quien soy ahora. Debería saber que no voy a cambiar.

—Si te hubiera preguntado eso hace unos meses, habrías dicho que sí antes de que la pregunta saliera de mi boca —dice—. Tu respuesta siempre ha sido que sí. Habrías dado cualquier cosa para no tener que volver a vivir esa noche.

Me doy la vuelta y se dirige hacia la puerta. La abre, luego hace una pausa y me enfrenta de nuevo. —Si estar con Lali por unos pocos meses pudo hacer que el dolor fuera lo suficientemente soportable como para que pudieras responder con un tal vez, imagina lo que toda una vida con ella podría hacer por ti.

Cierra la puerta.

Cierro los ojos.

Algo sucede. Algo dentro de mí. Es como si sus palabras hubieran creado una avalancha del glaciar que rodea mi corazón. Siento trozos de hielo endurecido desprenderse y caer al lado de todas las otras piezas que se han desprendido desde el momento en que conocí a Lali.


***

Salgo del ascensor y camino hacia la silla vacía al lado de Cap. Ni siquiera reconoce mi presencia con contacto visual. Está mirando a través del vestíbulo hacia la salida.

—Acabas de dejarla ir —dice, ni siquiera intenta de ocultar la decepción en su voz.

No respondo.

Se apoya contra los brazos de la silla, reposicionándose a sí mismo.

—Algunas personas… se vuelven más sabias a medida que crecen. Desafortunadamente, la mayoría de la gente apenas crece. —Se da vuelta para mirarme—. Tú eres una de las que sólo ha estado volviéndose viejas, porque eres tan estúpido como lo eras el día en que naciste.

Cap me conoce lo suficientemente bien como para saber que esto es lo que tenía que suceder. Me conoce de toda la vida; habiendo trabajado en el área de mantenimiento en los edificios de apartamentos de mi padre desde antes que yo naciera. Antes de eso, trabajó para mi abuelo haciendo lo mismo. Lo que garantiza que prácticamente sabe más sobre mí y mi familia que yo. —Tenía que pasar, Cap —digo, excusando el hecho de que dejé ir a la única chica que ha sido capaz de llegar a mí en más de seis años.

—Tenía que pasar, ¿eh? —refunfuña.

Por el tiempo que lo he conocido y por las muchas noches que he pasado aquí hablando con él, nunca me dio una opinión sobre las decisiones que he tomado. Sabe la vida que elegí después de Martina. Me da consejos llenos de sabiduría aquí y allá, pero nunca su opinión. Me escuchó ventilar sobre la situación con Lali durante meses, y siempre se sentó en silencio, con la paciencia de escucharme, nunca dándome consejos. Eso es lo que me gusta de él.

Creo que todo está a punto de cambiar.

—Antes de que me des un sermón, Cap —digo, interrumpiéndole antes de que tenga la oportunidad de continuar—, sabes que estará mejor así. —Me doy vuelta y lo miro—. Sabe que lo estará.

Cap se ríe, asintiendo. —Eso es malditamente seguro.

Lo miro con incredulidad. ¿Acaba de estar de acuerdo conmigo?

—¿Estás diciendo que tomé la decisión correcta?

Permanece en silencio por un segundo antes de soltar un suspiro.

Su expresión se contorsiona como si sus pensamientos no fueran algo que  quiera que compartir. Se relaja en su silla y se cruza de brazos. —Me dije que nunca me involucraría en tus problemas, muchacho, porque para que  un hombre de consejos, pues lo mejor es saber de qué demonios está  hablando. Y Dios sabe que en mis ochenta años nunca he pasado por nada como lo que has pasado. No sé nada acerca de cómo se sintió o lo que te hizo. Sólo pensar en esa noche hace que mi estómago duela, y sé  que a ti también te duele. Y tu corazón. Y tus huesos. Y tu alma.

Cierro los ojos, deseando poder cerrar mis oídos en su lugar. No quiero escuchar esto.

—Ninguna de las personas en tu vida sabe lo que se siente ser tú. Ni yo. Ni tu padre. Ni esos amigos tuyos. Ni siquiera Lali. Sólo hay una persona que siente lo que tú sientes. Sólo una persona a la que le duele como te duele. Sólo el padre de ese bebé que le echa de menos la misma forma que tú lo haces.

Mis ojos están cerrados herméticamente, y estoy haciendo todo lo posible para respetar el final de la conversación, pero está tomándome todo lo que tengo no levantarme e irme. No tiene derecho a meter a Martina en esta conversación.

—Peter —dice en voz baja. Hay determinación en su voz, como si necesitara que me lo tome en serio. Siempre lo hago—. Tú crees que le quitaste a esa chica la posibilidad de ser feliz, y hasta que te enfrentes a ese pasado, nunca seguirás adelante. Vas a estar reviviendo ese día todos los días, hasta el día de tu muerte, a menos que vayas a ver por tus propios ojos que esté bien. Entonces tal vez verás que está bien que tú también seas feliz.

Me inclino hacia delante y paso las manos por mi cara, luego descanso los codos sobre las rodillas y bajo la mirada. Observo mientras una lágrima cae de mis ojos y cae en el suelo bajo mis pies. —¿Y qué pasa si ella no está bien? —susurro.

Cap se inclina hacia adelante y pone las manos entre sus rodillas.

Me doy vuelta y lo miro; por primera vez en los veinticuatro años que lo conozco, veo lágrimas en sus ojos. —Entonces no creo que algo cambie. Puedes seguir sintiéndote como que no te mereces una vida por arruinar la suya. Puedes seguir evitando todo lo que podría hacer que sientas de nuevo. —Se inclina hacia mí y baja la voz—. Sé que la idea de enfrentarte a tu pasado te aterroriza. Le aterroriza a todo hombre. Pero a veces no lo hacemos por nosotros mismos. Lo hacemos por la gente que amamos más que a nosotros mismos.

Capitulo 35

LALI



—Última carga —dice Gastón, recogiendo las dos cajas restantes.

Le entrego a Gastón la llave de mi nuevo lugar. —Daré una vuelta más y nos encontraremos allí. —Le abro la puerta, y sale del apartamento.

Me quedo allí, mirando la puerta al otro lado del pasillo.

No lo he visto ni hablado con él desde la semana pasada.

Egoístamente, he estado esperando que apareciera y me diera una disculpa, pero de nuevo, ¿por qué se disculparía siquiera? Nunca me mintió. Nunca expresó las promesas que rompió.

Las únicas veces que no fue brutalmente honesto conmigo fueron en las que no habló. Las veces que me miraba y yo asumía que los sentimientos que veía en sus ojos eran más de lo que él podía expresar.

Ahora es evidente que lo más probable es que yo inventara esos sentimientos de su parte para que coincidieran con los míos. La emoción ocasional detrás de sus ojos cuando estábamos juntos fue obviamente producto de mi imaginación. Un producto de mi esperanza.

Exploro el apartamento una vez más para asegurarme de que empaqué todo. Cuando salgo y cierro con llave la puerta de Gastón, mis movimientos caen bajo el mando de algo con lo que no estoy familiarizada.

No puedo decir si es valentía o desesperación, pero mi mano se vuelve un puño, y ese puño llama a su puerta.

Me digo a mí misma que si pasan diez segundos y la puerta no se abre, soy libre de escaparme hacia el ascensor.

Por desgracia, se abre después de siete.

Mis pensamientos comienzan a alborotarse con racionalidad mientras la puerta se abre más. Antes de que esta gane y yo huya, Nico aparece en la puerta. Sus ojos cambian de complaciente a simpático cuando me ve parada ahí.

—Lali —dice, coronando mi nombre con una sonrisa. Noto el desvío de su mirada hacia la habitación de Miles antes de que sus ojos regresen a los míos—. Déjame avisarle —dice.

Siento el ascenso de mi asentimiento, pero mi corazón está descendiendo, escalando por mi pecho, a través de mi estómago, y cayendo directamente al suelo.

—Lali está en la puerta —oigo decir a Nico. Inspecciono cada palabra, cada sílaba, en busca de una pista donde pueda encontrar una. Quiero saber si puso los ojos en blanco cuando dijo eso o si lo hizo esperanzado.

Si alguien sabe cómo se sentiría Peter conmigo frente a su puerta, ese sería Nico. 

Desafortunadamente, la voz de Nico no puede darme una idea de cómo se sentirá Peter sobre mi presencia.

Escucho pasos. Disecciono el sonido de estos mientras se acercan a la sala de estar. ¿Son pasos apresurados? ¿Indecisos? ¿Enfadados? Cuando llega a la puerta, mis ojos caen primero sobre sus pies.

No obtengo nada de ellos. No hay pistas que me ayuden a encontrar la confianza que necesito tan desesperadamente en este momento.

Ya puedo saber que mis palabras saldrán roncas y débiles, pero me obligo a decirlas de todos modos. —Me voy —digo, aun mirando sus pies—. Sólo quería despedirme.

No hay una reacción inmediata por su parte, física o verbal. Mis ojos finalmente hacen el valiente viaje hasta los suyos. Cuando veo la mirada estoica en su rostro, quiero retroceder, pero tengo miedo de tropezar con mi corazón.

No quiero que me vea caer.

El arrepentimiento por tomar la decisión de llamar a su puerta me consume con la brevedad de su respuesta.


—Adiós, Lali.

martes, 2 de septiembre de 2014

Capitulo 34

PETER


Seis años antes...


Nos fuimos a casa. No a nuestra casa.

Martina quería a Mariana. Martina necesita a su madre.

Como que yo necesito a mi padre.

Cada noche la abrazo. Cada noche le digo que lo siento. Cada noche lloramos.

No entiendo cómo puede ser tan perfecto. Cómo la vida y el amor y la gente pueden ser tan perfectos y hermosos.

Y entonces, no. Son tan feos.

La vida y el amor y la gente se vuelven feos.

Todo se convierte en agua.

Esta noche es diferente. Esta noche es la primera en tres semanas que no llora. La abrazo de todos modos. Quiero alegrarme de que no esté llorando, pero me asusta. 
Sus lágrimas significan que siente algo. Incluso si ese algo es devastador, aún sigue siendo algo. No hay lágrimas esta noche.

La abrazo de todos modos. Le digo que lo siento de nuevo.

Nunca me dice que está bien.

Nunca me dice que no es mi culpa.

Nunca me dice que me perdona.

Sin embargo, me besa esta noche. Me besa y se quita la camisa. Me dice que le haga el amor. Le digo que no deberíamos. Le digo que supuestamente deberíamos esperar dos semanas más. Me besa, así dejaré de hablar.

Le devuelvo el beso.

Martina me ama de nuevo.

Creo.

Me está besando como si me amara.

Soy amable con ella.

Voy lento.

Me toca la piel como si me amara.

No quiero hacerle daño.

Llora.

Por favor, no llores, Martina.

Me detengo.

Me dice que no lo haga.

Me dice que acabe.

Acabar.

No me gusta esa palabra.

Como si esto fuera un trabajo.

La beso de nuevo.

Acabo.

****

Peter,

Martina me escribió una carta.

Lo siento.

No.

No puedo hacer esto. Duele mucho.

No, no, no.

Mi madre me llevará de vuelta a Phoenix. Ambas nos quedaremos allí. Todo es demasiado complicado, incluso ahora entre ellos dos. Tú papá ya lo sabe.

Los Clayton unen familias.

Los Peter las destrozan.

Intenté quedarme. Intenté amarte. Cada vez que te miro, lo veo. Todo es él. Si me quedo, todo siempre será él. Lo sabes. Sé que lo entiendes. No debería culparte.

Pero lo haces.

Lo siento tanto.

¿Dejaste de amarme con una carta, Martina?

Con amor,

Lo siento. Todas las partes feas de ello. Está en mis poros. Mis venas. Mis recuerdos. Mi futuro.

Martina.

La diferencia entre el lado feo y el lado hermoso del amor es que el hermoso es mucho más ligero. Te hace sentir como si flotaras. Te eleva. Te lleva.

Las partes hermosas del amor te mantienen por encima del mundo.

Te sujetan tan fuertemente sobre todas las cosas malas, que simplemente miras hacia abajo a todo lo demás y piensas: Vaya, me alegra tanto estar aquí arriba.

A veces, las partes hermosas del amor regresan a Phoenix.

Las partes feas de éste son demasiado pesadas para regresar a Phoenix. No pueden elevarte.

Te hacen

C

A

E

R.

Te sujetan.

Te ahogan.

Alzas la vista y piensas: desearía estar ahí arriba.

Pero no lo estás.

El amor feo te convierte.

Te consume.

Te hace odiarlo todo.

Te hace darte cuenta de que todas las partes hermosas ni siquiera valen la pena. Sin la belleza, nunca te arriesgarás a sentirte así.

Nunca te arriesgarás a sentir la fealdad.

Así que renuncias. Renuncias a todo. No quieres amar de nuevo, no importa cual tipo sea, porque ninguno será jamás digno de hacerte pasar por el amor feo de nuevo.

Nunca me dejaré amar a nadie más, Martina.


Nunca.